lunes, 8 de abril de 2013

Pensatiempos y Pasamientos IV







Debemos perdonar a los que nos ofenden, pues ellos nunca sabrán calmar el horror que sienten sus silencios cuando gritan. 



La injusticia como marco verdadero  de la evolución social.



Los ahorcados de Pisanello bajo el manto rotundo de la noche.  ¿Qué crimen cometieron? ¿quién los condenó? ¿por qué nos conmueven esos dos hombres que cuelgan, yertos y simétricos, de las formidables vigas?¿qué tipo de belleza (si es que existen «tipos de belleza») emerge de ahí? 



En la parte oculta de la evidencia se halla el magnetismo perenne de ciertas imágenes atroces. 



Comparecencia: hablar del infierno en presencia de un abogado.
Confesión: hablar del infierno en presencia de un sacerdote.
Confabulación: inventar un infierno para otro.
Otro: según Rimbaud, él mismo; según Sartre, el infierno. 
Infierno: círculos concéntricos.
Comparecencia: hablar de círculos concéntricos en presencia de un abogado.
Confesión: hablar de círculos concéntricos en presencia de un sacerdote.
Confabulación: inventar círculos concéntricos para el infierno.
Dante: confabulador, cartógrafo metafísico y otros poemas.
Círculo concéntrico: fenómeno que provoca en el agua una gota de agua.
Agua: elemento en el que sumergirse. 
Gota de agua: alegoría del yo en descenso. 
Descenso del yo: Catábasis.
Abogado: sacerdote del poder judicial cuya máxima autoridad es el capital.
Sacerdote: abogado de la fe cuya máxima autoridad se desconoce hasta el momento.
Capital: el único juez verdadero.
Fe: ns/nc 



Quizás, socialmente, este no sea el momento de los poetas, aunque me atrevo a afirmar que sí es su tiempo porque siempre ha sido el tiempo de los poetas. Y siempre ha sido así porque el poeta es el único ser capaz de tender su ojo moral, su penetrante mirada humana hacia cualquier paraje que su imaginación desee. El poeta puede ver el mundo anterior a él, puede contemplar la creación misma, el instante preciso e incierto en el que el tiempo tuvo comienzo e, incluso, puede cavilar esferas imposibles donde la noche habla o el silencio es un cocodrilo durmiendo bajo la luz de una luna verde.  Y es que el acto de creación no se subordina al fluir ordinario de lo real. Acontece, el acto de creación, desde otro ámbito, desde otra perspectiva por medio de la cual los momentos, entendiendo momento como hecho, circunstancia o situación, son impugnados y, también, rediseñados. Pero: ¿cómo se rediseña un momento? ¿de qué forma se impugna un hecho y se modifica para que, de este modo, el hombre lo reencuentre como un hallazgo insólito? La respuesta no es sólo el lenguaje, no puede ser sólo el dominio de la palabra. Hay algo más; una forma de ver que sólo puede germinar desde la perplejidad y que, como si de un instrumento se tratara, se cristaliza mediante la palabra, pero no mediante el uso lógico y coherente de ésta, ni mucho menos, sino mediante la acción inconformista y el riesgo extremo; pues el poema sólo puede ser, sólo puede fructificar cuando el hombre pone el lenguaje al servicio del poema y lo somete con la soberana libertad que su no pertenencia a lo real le concede. No olvidemos, además, que el medio en el que existimos es el de la palabra. Todo lo que nos rodea ha sido evaluado, semiotizado y etiquetado. Todo contiene un símbolo y una sonoridad estandarizados, y el poeta es consciente de esto, demasiado consciente, claro está, ya que al no pertenecer al momento en el que vive sino al tiempo en el que existe, su imaginación evalua, semiotiza y etiqueta de una forma diferente. Porque el poeta, indiscutiblemente, está más próximo al enfermo mental que al hombre de estado y, quizás, sea esa su fortuna, ya que puede articular un discurso al margen de todo, es decir, un discurso libre de todo rango social y de toda pauta, siendo esa libertad discursiva el riesgo mismo; un riesgo que puede conducir al hombre que escribe poemas a ese abismo donde el conocimiento es reemplazado por intuición.





Tensión identitaria: tendencia del recién llegado a acotar su individualidad con respecto a las respectivas identidades de los que se encuentran en el lugar de llegada. 




Mediodía, alto mediodía, descifremos el signo solar que cae en los tejados.



Rasgo: adquirido (o impuesto) escalafón seseante. 



Dice: «este es mi sistema de pensamiento» cuando, en realidad, quiere decir: «estoy dispuesto a convencerte.»  



En las alta montañas, la fórmula extrema del aire.



Después del poema, las palabras aparecen como cáscaras de un fruto nunca dicho.



Ángeles que pasan y ocupan el silencio de los hombres.

Pensatiempos y Pasamientos III







Ingenuos aquellos que creen que en la adquisición de lenguaje se encuentra implícita la cláusula del entendimiento, pues desconocen que viven en el reino de los sordos. 



Pirrón ha vencido a Sócrates. 




Sospecho de la valía filosófica de esos creadores de cápsulas aparentemente cerradas que ellos mismos definen mediante el término «aforismo», tan de moda en estos tiempos de redes sociales, lecturas rápidas y sensaciones basura. Y es que, por lo común, estos presuntos aforismos suelen ser meros golpes de ingenio; giros de lenguaje a caballo entre lo ilustrado y lo rutinario y cuyo único destino parece orientarse a una provocación muy concreta y, a mi modo de ver, detestable: que el lector esboce una leve sonrisa de asentimiento y, seguidamente, caiga en una reflexión igual o más leve aún. Hay que cuidarse, por lo tanto, de esos creadores de levedad encapsulada y, ante todo, saber diferenciarlos del simple y llano escritor de fragmentos (si es que puede ser llamado escritor) cuya conciencia de temporalidad lo conduce a desempeñar una labor deficitaria, obsesiva y urgente que no es otra que rescatar las pequeñas perplejidades del «ahora», reteniéndolas por medio de lo único que es capaz de poseer: el lenguaje.




El hombre autocompasivo es capaz de equivocarse infinidad de veces sin reconocer jamás que el error, realmente, está en sí mismo.




Sobre la elegancia de ser beligerante: que las pasiones abyectas critiquen sólo aquello que has concebido para tal fin. 




Sueño con islas donde los hombres plantan espejos y las mujeres se maquillan con especias y piedras molidas.




El poema se abre en la periferia de los significados.

domingo, 3 de marzo de 2013

Pensatiempos y Pasamientos II










Gracias al neoplatonismo tenemos un mundo perfectamente dividido entre gilipollas y cabrones.



En España, la actitud crítica, sea en el campo que sea, ha sido reducida al café del desayuno. 



Perplejo ante la noción silenciosa de dos mirlos que esperan el amanecer. 




Es todo un personaje. Su interior no es más que retórica de autoimagen.



Ese «te lo diré sinceramente», que solemos emplear con los amigos, no es más que un acto reflejo para enmascarar la auténtica sinceridad, raíz de lo inconfesable. 




Uno de los daños colaterales del acceso libre a la cultura que se ha dado en los últimos cuarenta años es la nauseabunda proliferación de jóvenes poetas convencidos.




La vejez comienza en el preciso momento en el que superas la edad del presidente de tu país. 




Exponer nuestras dudas nos lleva a ser rechazados y, aunque ha sido la duda la que nos ha construido, los humanos siempre buscaremos en nuestros congéneres muestras de seguridad; la duda sin resolver es una forma de agresión. De ahí la popular muletilla: la duda ofende. 




Y todas las ciudades de la tierra, desde California hasta Tokio, acabaron por convertirse en laboratorios donde las altas esferas experimentaron los efectos del miedo en el hombre.




A altas horas de la noche, en la cama, sensación brutal de intemperie. ¿Una pesadilla?



Los poemas de Ingeborg Bachmann duelen, no abrigan. Dato a tener en cuenta para todos esos traductores de poesía que convierten en terciopelo castellano lo que, en realidad, son profundas cuchilladas germánicas.



A los 67 años, con el culo en pompa y una lata de sardinas entre pecho y espalda, nos retirarán súbitamente de la realidad. 



El lujoso mobiliario de la ilustración lo empleamos para reamueblar nuestras cabezas, pero éstas eran demasiado pequeñas. 



En las diferentes academias de la lengua que hay por todo Occidente deberíamos instalar a nuestros políticos, pues el esfuerzo que han hecho en los últimos cuarenta años para que el término democracia sea sinónimo perfecto de nepotismo es, sin lugar a dudas, un signo encomiable de entrega y tenacidad. 



Creer en dios una vez superados los treinta años es igual de ridículo que idolatrar a tu padre cuando tienes dieciocho.



«Necesito, antes de la cena, granjearme un enemigo», confiesa, henchido de moral, el viejo caníbal. 



Después de doscientos mil años hablando sin entendernos, tomar al ser humano en serio me resulta, cuanto menos, un grave problema de perspectiva histórica.



Hasta que los alienígenas no nos demuestren lo contrario, somos, debido a esa constante ironía absurda que consiste en estar vivos y preguntarnos por qué, uno de los chistes más simpáticos del universo.

sábado, 16 de febrero de 2013

Pensatiempos y Pasamientos I








Esos “poetas” metidos a profesores de instituto que aseveran, una y otra vez, la importancia de comer, son como peces de agua salada flotando en acuarios luminosos. No hay que mostrar ningún respeto hacia sus obras. ¡Qué jodan a todos aquellos que olvidaron la vida en el océano!


*


Un cuchillo que limpie la lengua de los hombres y, en algunos casos, la cercene.



*



La risa de Rimbaud desde una alcantarilla.




*



Un observador especialista en detalles interiores.



*



El ingenio es la piedra tangencial de la ironía; el desencanto, su base.



*



La fe es la prima solipsista, holgazana e iracunda de nuestra razón. Se explica a sí misma a través de sí misma, impone con furia su noción de verdad sin otra cadena de razonamientos que un cómodo hilo de falacias y, finalmente, argumenta que nuestra salvación dependerá del sometimiento que mostremos ante ella.

PIEDRA Y CIELO (una apuesta por lo sublime en tierra de caníbales)

Piedra y Cielo,  una de las mejores revistas de la literatura española actual, nos abre sus puertas.


Ilustración de portada


http://piedraycielo.eu/


viernes, 11 de enero de 2013

Apuntes

Después de mi viaje a Toledo comprendo la mágica visión que El Greco nos legó de la ciudad. Y es que el espíritu cristalino que desprenden sus insólitas pinturas parece poseer la materia de cada una de las piedras que componen dicho enclave, haciendo de Toledo una ciudad de apariencia tan frágil como irreal; una ciudad, a fin de cuentas, revelada y, por ende, invisible para la mayoría de los hombres.




Tus pensamientos, gestados en el ruido de una guerra inexistente, son el humo de una máquina perfecta que nunca disparó.




Cuando decimos que la condición del hombre es el hecho de pensar, verdaderamente estamos acatando una contradicción como respuesta.




Escribir en el lenguaje de las cosas que esperan.




Una ciudad que en el corazón de los tristes disponga múltiples oportunidades para el suicidio.




Después de extraerles el veneno, los niños colgaron las serpientes de los árboles más próximos al templo.



Paisaje: lugar común de la distancia.




La lengua es una puerta entre dos realidades insuficientes: el silencio y lo dicho.




Deberíamos inventar una dieta de conciencia que, al menos una vez al día, nos permitiera salvar de la putrefacción la materia de los frutos.




Un hombre colgado de un árbol a las afueras de la ciudad, pero con el siglo XXI como contexto.










------
BlackBerry de movistar, allí donde estés está tu oficin@

viernes, 28 de diciembre de 2012

Sobre la traducción





EN LA clepsidra la gota de agua hace «clock» antes de ser traducida.


EL TRADUCTOR de Schopenhauer acaba por dejarse un enorme bigote alemán o no acaba.


CUANDO SE despertó, el intérprete todavía seguía allí.


LA DIFERENCIA entre el intérprete y el traductor es esencialmente salarial.


TODO LO que digas será traducido en tu contra.


Y FINALMENTE el traductor perdió la cabeza en algún remoto rincón del diccionario.



domingo, 23 de diciembre de 2012

Antes del relámpago





















Fortaleza en el agua (homenaje a Turner)




 














viernes, 21 de diciembre de 2012

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               

          


             

Darknude











Hoja

              

                                                


                        

martes, 18 de diciembre de 2012

Phonosonetos (para lectura a dos voces)






I

PHONOSONETO DEL HOMBRE QUE CAMBIÓ SU LENGUA
POR UN IMPERDIBLE Y FUE FELIZ ALLÍ DONDE LO ENCONTRABAN


Maisofondo de nuis y silodeimo
in theyrós curnicasta ruminante
do aqueste y la malaña, liminecus
sobe naû lo lissobe y sobe el fingo

la sonatta indementa paupolós,
el rainabado plauto de la anaba
in girum et colgeudo so la nauta
tal nouvo di duristo, novo procce.

Per no procce ni roca la natara,
sólo roca el coliandro intrascendente
qui tuylo mela tuylo mas ilprotta

pronastás, pronastés, pronastarás
du cala et du milano chi no somne,
conacórdico canto del quintáctico.





II

PHONOSONETO DE LA MUJER CUYO PALADAR
FUE VIOLADO POR UN ERIZO HERVIDO


Indebisüng et rumi la Naturpe,
deplesno con la nauca Solemana
mi pareza la morna do çe finga
y finga que se finge la nicrotta,

mas la trona sincendia in la Katraba
sobre Nápoles gime la estocapo
o rementa la trauba, la marana
canosila y lumiante, irretenable.

Tal dernie babilada in la crinenta,
yeverdigo del pálimo trinado
do llantan los carnayos senecales,

um manar contrunible y filosanto
prena mitras y crenzos oyerados,
silena y selinunta, incopenable.








viernes, 14 de diciembre de 2012

martes, 4 de diciembre de 2012

Apuntes LV

Desde que comencé a escribir he creído que el poeta auténtico, no el charlatán de su propio ego, adolece de cierta capacidad coherente de entendimiento, ya que sólo a partir de una carencia así puede estructurarse una manera de aprehender que no requiere de la ratio. Porque el poeta auténtico acumula, del universo de estímulos que lo circunda, fascinaciones, esperanzas, desencantos... sustituyendo la posibilidad de entender o, mejor dicho, la posibilidad de enunciar el mundo, por ese contener mundo dentro del fuero de su perpetuo interrogar. Y aunque el poeta, en su ejercicio, no sea capaz de elevar una enunciación (un verso, desde mi punto de vista, no es un enunciado, sino un óvulo en perpetuo estado de gestación), debo señalar que nada hay que, a su vez, no sea decible para el poeta, pues el sentido que éste posee de lo decible es un espacio de sagrada frustración que, por medio del interrogante, lo obliga a girar constantemente, fallando siempre a favor de la esperanza de decir lo que debe como si de una oración se tratara


*


Fertilizado por el vigoroso huracán de la feminidad.

*


Poco a poco los signos fueron petrificándose en su mente hasta enmudecerlo. Ahora necesita un martillo para hablar.


*


No dejes de pensar en la semilla
que en mitad de la noche has extirpado;
redúcete a su centro, pues ahora te conoce
igual que tú conoces la raíz de su materia:
el origen del fruto:
la naranja cayendo
contra el suelo podrido de hojarasca.

No dejes de pensar en su silencio;
desde el amanecer hasta el crepúsculo
convoca su sentencia,
pues ahora la semilla te conoce
y una palabra suya bastará
como basta la piedra contra el hueso
para vencerte.



*


La gracia del que cae está en la rapidez con que se eleva.






El diván asiático

Me resulta muy difícil abordar el tema que me propongo, querido y estimado doctor Roque, pero ya han pasado bastantes años y debo transmitir lo sucedido a alguien, y más a alguien de confianza y tan próximo a dichos tiempos como usted. No quiera ver en estas líneas torpes la búsqueda de complicidad o el exorcismo de mis demonios, sino la necesidad de dejar cada cosa en su sitio. Hoy día ya acarreo con mi culpa de manera honesta y, teniendo en cuenta que no hay para mi acción una pena establecida por la ley, sólo yo puedo autoimponerme condena.

     Como recordará, la luz, por aquel entonces, estaba matando a mamá lentamente. En los últimos cinco años su enfermedad, que al principio sólo era un rechazo a los objetos brillantes, se había acrecentado de manera catastrófica, por lo que su cuerpo se encontraba mermado de manera que sólo cabía una posibilidad para su futuro. Eso lo sabíamos los dos y usted lo ratificó con su ciencia la mañana que nos fue a visitar. No sé si recordará que durante el café puso su mano en mi hombro y con sinceridad aplastante me dijo: El caso de su madre carece de solución, espere lo inevitable. Y así fue. No obstante, hay diversas lagunas en el caso de mi madre, sobre todo en su manera de dejarnos, que debo aclarar con precisión; al menos la precisión que la memoria me conceda. Comienzo:

     Con facilidad podrá hacerse una idea de la situación en la que desarrollábamos nuestras vidas. Últimamente he tenido conocimiento de que el mal que aquejaba a mi madre es más frecuente de lo que parece, aunque casi no tiene lugar de forma  tan extrema. Como sabrá, ella no sólo no podía enfrentarse a la luz del sol, sino que cualquier fuente lumínica le era perjudicial. Lo que implicaba que en casa lleváramos una vida prácticamente a oscuras. Es por eso por lo que construir penumbras, entreabrir una puerta o una ventana, suponía acarrear con un riesgo extremo.

      Sin embargo, después de unos meses en tinieblas, descubrí un enclave en el que la luz no podía expandirse más allá. Se trataba del recibidor, concretamente el lugar del diván asiático, un viejo mueble que mi padre trajo de Singapur después de uno de sus numerosos viajes, meses ante de desaparecer. Era un objeto algo desvencijado y con sobresalientes astillas e imperfecciones, aunque permitía un reposo singular sobre su piel roja. Fue por eso por lo que decidí desarrollar allí mi mundo. Pasaba las noches y los días con la vista fija en algún libro o con la mente bullendo entre pensamientos baladíes. Leía y pensaba, señor Roque, como lo hacen las personas que desean ver pasar el tiempo y olvidar, ya que las exigencias que reclamaba mi debilitada madre absorbían gran parte de mí.

     Recuerdo que cada diez o quince minutos —sorprende constatar que la agonía es un huésped de puntuales manifestaciones— llegaba desde el cuarto la quebrada voz de mamá, su reclamar un poco de agua o sus delirios inconexos. Por mi parte respondía instantáneamente, y dejaba atrás cualquier tarea, aunque confieso que, además de la lectura, las había reducido a lo básico. Al principio, quiero decir los primeros dos años, los motivos centrales de mi ayuda eran el cariño y la entrega a la persona que me había otorgado lo que ahora ella perdía lentamente. Pero poco a poco, y no proviene de la crueldad lo que voy a contarle, tales motivos se difuminaron, se transformaron y se convirtieron en algo similar a la resignación, la resignación y el cansancio. Fue por esa época cuando comenzaron a aflorar en mí las ideas extrañas y las sensaciones inexplicables.

     Tenga en cuenta, mi estimado y querido doctor Roque, que mi realidad tenía lugar casi exclusivamente en el mencionado rincón, arrellanado en el diván asiático o preparando algún alimento para ella y para mí.  Por ejemplo me sorprendía con la vista fija en el reloj de péndulo, sin saber qué hora podía ser, e incluso olvidando que mi vista se encontraba sobre un objeto. Fue cuando descubrí la ausencia en toda su amplitud. La biblioteca, la vitrina, la estatuilla de ébano junto al sombrerero dejaban de tener sentido para convertirse, primero, en entidades abstractas, luego en simples referencias visuales y, finalmente, en nada. Sí, la nada existe, doctor Roque, y es un objeto contemplado mientras dormía mi madre.

     Cualquier persona cabal, y más alguien conocedor de la medicina de la mente, comprobará en mi historia un hecho bastante común: los efectos devastadores de la tensión y la oscuridad. Sin embargo, hoy puedo afirmar que hubo algo más, algo que no tuvo lugar desde el mundo de la razón, sino desde ese infierno donde danzan los animales que oculta nuestro interior.

     Durante ese periodo que hace unas pocas líneas le he descrito como de resignación y cansancio, solían ir hasta casa algunas visitas: la tía Marta, usted, los primos Isidoro y Andrea, las amigas de mamá… Cada visita, antes y después de la entrada al tenebroso dormitorio, me transmitía sus impresiones sobre ella, tratando incluso de aleccionarme en cuanto a procedimientos que debía llevar a cabo para facilitarle las cosas a mamá. Eso sí, nadie, salvo usted, llegó a considerar mi situación y mi silencioso deterioro.

     Fueron tales palabras vertidas entre pastas inglesas y café las que me condujeron a una búsqueda de la que hoy me arrepiento: elaborarme una idea global de quién había sido madre, construirme un recuerdo para la posteridad, un recuerdo con el cual vivir después de ella. Y es que era curioso y extraño comprobar que nunca hubiera poseído una idea exacta de ella. Quizá la proximidad no me había permitido tal concesión. Pero aquella noche, la que vertebra mi carta y vertebró mi vida trágicamente, lo hice. Fue espeluznante.
El día después me sorprendí absorto en el diván asiático, con los ojos sobre el reloj y entumecidos debido al aire gélido que transita por la casa al amanecer. Sin duda me había pasado la noche yendo y viniendo del recibidor al dormitorio, pero no recordaba nada, absolutamente nada.

     Cuando observé mis manos las descubrí manchadas de rojo. Imagine, doctor Roque, la angustia que automáticamente me embargó. Supe entonces que el miedo no responde al tiempo, sino que se instala de manera implacable en la anatomía y desguaza la mente hasta convertirla en astillas. Una certeza horrible afloró en mi mente; una persona puede llevar a cabo acciones ajenas a su voluntad, al menos ajenas a su voluntad consciente, y salvarse o condenarse gracias a dichas acciones.

     Del trance en el que me sumergí recordaba —y aún hoy recuerdo— sucesos de mi pasado: el patio interior donde solía jugar con camiones de cartón, la profesora de trasero inmenso que gustaba de golpear a las niñas, mi padre con un reluciente sombrero de color marfil… Por el contrario, cuando traté de buscar a mi madre, de consolidar esa idea global de ella a lo largo de mi infancia y juventud, no encontré nada. En lugar de recuerdos me golpeó el aire frío ascendiendo por mis tobillos y una atroz sensación de cansancio físico, como si, en lugar de pensar mi vida, la hubiera recorrido a lo largo de una sola noche.

     Y allí estaba yo, con las manos ensangrentadas y un gusto a herrumbre en el paladar que nunca olvidaré. Al punto me elevé y seguí el rastro rojo. Éste recorría oblicuamente el recibidor, se internaba en el pasillo oscuro y llegaba hasta la habitación de mamá. Entonces, sobresaltado, giré el pomo y me adentré con el corazón desbocado. Era una sensación similar a la suciedad. El olor que inundaba la casa era, para que me entienda, igual al que percibí una mañana décadas atrás en el mercado, cuando dos hombres apuñalaron a otro junto a mí y huyeron rumbo al puerto.

     Así, creo que sin pensar en nada o quizás pensando en aquel día fatídico del mercado, llevé la mano al interruptor y lo pulsé. Cuando la luz inundó toda la habitación comprobé que la sangre provenía de una pequeña astilla del diván clavada en mi mano izquierda.

     Las últimas palabras que escuché de mamá, en tanto veía por primera vez en muchos años su rostro y el olor de la muerte se acrecentaba hasta la náusea, no las recuerdo.

















Apuntes LIV (22 formas)






El Libro incendia la corteza del ojo y el centro del hombre.

*

El Libro es un jardín para el hombre que cultiva la flor de su vigilia.

*

El Libro pensado por el hombre se manifiesta a través de lo pronunciable.

*

El Libro del hombre es una letra caída en el testamento del mundo.

*

El Libro abre las puertas de lo invisible y concede sentido a la ceguera del hombre.

*

El Libro: la espalda de un ángel en la que el hombre grabó horizontes de tinta.

*

El Libro no ve al hombre en mitad de la noche, pero sí ve la noche y todas sus mitades.

*

El Libro es para la memoria del hombre lo que la semilla para el fruto: esperanza de continuidad.

*

El Libro que vindica su lugar en el universo oculta estrellas agrupadas por la mano del hombre.

*

El Libro es el refugio donde el hombre guarda todo lo invisible.

*

El Libro como raíz que se nutre de la saliva del hombre.

*

El Libro se dice a sí mismo en silencio hasta que el hombre lo sepulta en su voz.

*

El Libro es la tierra que necesita el hombre para florecer en la mente del hombre.

*

El Libro es el ala tronchada de un pájaro desconocido para el hombre.

*

El Libro contiene la comunión entre el vuelo del tiempo y la piedra del hombre.

*

El Libro, para el hombre, es lo que el horizonte para los ojos del navegante primerizo: límite donde lo
desconocido cobra certeza.

*

El Libro del hombre cae y el aire cede ante la caída; la palabra, no obstante, continua inmóvil.

*

El Libro sólo muestra su silencio, la materia pronunciable es añadida por el hombre.


*

El Libro respira, por medio del hombre, lo que el lenguaje aventa.


*

El Libro del hombre comienza cuando la herida quiere cerrarse: voluntad de cicatriz.


*

El Libro del hombre es la vigilia perpetua de los signos.


*

El Libro es la luz que el hombre necesita para encontrar mundo en otra mirada.


Apuntes LIII



                                             




El pájaro, el fruto, el poema: puntos de gravedad, sustentadores de belleza.



*



Cada una de las personas con las que te cruzas a lo largo del día posee, hoy por hoy, un significado específico en tu pensamiento, habita, irremediablemente, un rincón de tu memoria. Probablemente no charlarás nunca con ninguna y, casi con total seguridad, jamás llegarás a saber cuales son sus debilidades, sus virtudes, sus tendencias ideológicas, sus pequeños crímenes domésticos. No obstante, tus ojos ya están unidos a los suyos por los lazos de la concurrencia. En los últimos años has intercambiado un número mayor de miradas con el vecino del edificio de enfrente, con la joven panadera de la esquina o con el muchacho del kiosco de periódicos, que con tus familiares directos, por lo que esas presencias, esos contornos de vida, han atravesado, sin que tú lo sepas, la compleja membrana que divide lo desconocido de lo habitual. Ahora posees una imagen más o menos nítida de ellos, una prefiguración que tu mente ha ido cincelando a base de pequeños gestos, peculiares expresiones, acentos, etc. Pertenecen, cada una de las personas con las que te cruzas a lo largo del día, al colectivo más numeroso y desconcertante de la humanidad: los extraños. 


*



Lo habitual no necesita explicaciones, se ha hecho cognoscible a través del vicio de lo recurrente.


*



En medio de la noche
el germen de la támara, 
la cicatriz lunar
y la polilla blanca.


*



En las difusas orillas del conocimiento el poema abre sus puertas de oro.


*



No hay poesía sin conciencia de límite.


*



En el centro pronunciable de las cosas reside, para el poeta, el eje tembloroso que concede identidad, nombre propio, a lo que es mera presencia, desmadejado baile. 


*



No conozco el fulgor de las luciérnagas
que en silencio se elevan
sobre las aguas verdes del arroyo,
susurras mientras ella,

la negrura, nos guarda entre sus signos
y en la noche profunda descubrimos
que de nada nos sirve
el mínimo lenguaje de los astros.

Bajaremos,
por la línea amarilla de los bosques,
escuchando el rumor
de las cosas que fluyen lentamente

y te diré: no mires al arroyo,
desconozcamos,
como ella, la negrura, desconoce,
los últimos reductos de la luz.


*



PAOLO VALESIO: La sacralidad de la poesía no es ya una sacralidad nacional e iniciática, una sacralidad de lo sublime y excepcional; es, más bien, una sacralidad del cultivo cotidiano del espíritu como lucha contra un contexto pujantemente anti-espiritual. En esta perspectiva de calmada lucha [no es un oxímoron] cotidiana, lo sagrado se propone en un modo parcialmente nuevo: más que como [repito] iniciación a una tradición, lo sagrado es activo en cuanto introducción a una experiencia espiritual que es esencialmente una experiencia de humildad. Conviene volver a afirmar con energía [humildad no quiere decir debilidad] la necesidad de esta virtud --no en un sentido metafísico, sino concretamente operativo. 


*


Todo lo que existe posee interior.

viernes, 23 de noviembre de 2012

La pata superior izquierda del reptil

                                                       
                                                                                                                                                 Para todos los que ven lo que no existe.



Mi oficio consiste en preservar la oscuridad en este pueblo después de la medianoche. Para ello, cada atardecer, subo hasta la cima del monte Caravante, donde se encuentra mi puesto de vigía; una cabaña de siete metros cuadrados desde cuyo ventanal se divisa el gigantesco reptil, negro como la obsidiana, al que mi pueblo se asemeja. Ocupando la pata izquierda superior del animal, es decir, mirando al Este desde la cabaña, se encuentra mi hogar, en el que han nacido y han muerto, durante varios generaciones, casi todos los miembros de mi familia, excepto la prima G, que nació en Italia, se convirtió en mi primer amor y, hace ya más de veinte años, se fue a Suecia. 
         En mi puesto de trabajo dispongo de lo necesario para pasar las pesarosas y largas noches de vigilia: una cocinilla de gas, un pequeño frigorífico, un sofá relativamente confortable, la emisora de radio mediante la cual me comunico con las patrullas y, claro está, mi catalejo de visión nocturna. Gracias a su potencia óptica he logrado, a lo largo de estos cinco años de oficio, desmantelar todo tipo de acciones relacionadas con el uso de la luz después de medianoche. Desde el desconcertante caso de la abuelita que encendió todas las lámparas de la casa para ir al baño a las tres de la madrugada, hasta los adolescentes que rodearon la iglesia con velas.
        Sé que puede parecer aburrido, y más para los jóvenes que aspiran a un puesto de, por ejemplo, fusilero; pero, técnicamente, mi labor consiste en escudriñar la oscuridad durante horas, atento al más mínimo resplandor, transmitiendo, por medio de la emisora, las coordenadas de posición de cada uno de los lugares que peino con mi catalejo. Normalmente no ocurre nada destacable: un grupo de luciérnagas junto al arroyo, un señor que prende un puro, el reflejo de la luna llena en el cristal de un armario... A pesar de ello no dejo de repetirme que soy el hombre perfecto para este tipo de trabajo. Si bien es cierto que, a veces, he deseado que algún desaprensivo se entregue a una orgía de interruptores, cirios y mecheros e, incluso, hogueras del tamaño de una catedral, sé perfectamente (me entrenaron para ello) que se trata, ese deseo abyecto, de un simple impulso contra el tedio, una estrategia de mi cerebro para que los latidos aumenten y mi atención vuelva a la carga. Nunca olvidaré el consejo que me dio R, el mejor instructor que tuve durante mi periodo de formación, en medio de una imaginaria: «A la puta oscuridad hay que tomársela con calma, que si no te saca los monstruos de dentro». Ahora, un lustro después, comprendo esas palabras perfectamente. Y es que resulta muy fácil, cuando la noche se instala en tus sentidos, confundir el chisporroteo de una inofensiva bengala de cumpleaños (pena de tres meses de silencio) con la provocadora acción de los linterneros, quienes deben ser aniquilados sin juicio previo. 
         Como bien dije antes, normalmente no ocurre nada en el pueblo, sin embargo, a veces, esos cerdos disidentes, los linterneros, se ponen de acuerdo para molestar al vencindario y salen a la calle, después de las doce, con sus ropas sucias y sus deportivas y, lo que es peor, sus linternas de batería alcalina. Ahí es cuando el Estado me requiere y el cumplimiento de la ley depende de mi capacidad de observación. Tengo que ser muy preciso, transmitir a las patrullas las coordenadas exactas de las luminarias que se van sucediendo por el pueblo y, finalmente, rellenar el parte de incidencias con todo lujo de detalles, ya que, en caso de que las patrullas no intercepten a los rebeldes durante esa misma noche, la investigación se extenderá a lo largo de los días posteriores, revisando hasta el rincón más ínfimo de las zonas que yo he descrito.
         Una de las acciones más duras emprendida contra los linterneros tuvo lugar hace tres años, cuando el Gran Consejo sopesó ampliar el horario de la prohibición varias horas antes de la medianoche. Era primavera. La atmósfera estaba limpia de nubes y polvo, por lo que la pureza de la oscuridad resultaba muy agradable. Recuerdo que, sin tener que realizar esfuerzo alguno por mi parte, el poder de visión que me concedía el catalejo penetraba, formidable, hasta lo más profundo de las alcobas, desvelando, entre otras cosas, las peculiares prácticas íntimas de algunos vecinos ilustres. Me sorprendió ver a V como un perrito sobre la cama, en tanto su oronda mujer le hacía lo propio con un pepino gigantesco. Asimismo, jamás hubiera imaginado que un señor tan respetado como I fuera capaz de masturbarse, en menos de dos horas, ocho veces, empleando para ello la fotografía de una caja de yemas de Santa Teresa, un bote de colonia para bebés y un rosario enrollado al glande. 
         No obstante, como ya mencioné, lo más destacable de esa jornada no fue descubrir los comportamientos  de un vecindario entregado a las pasiones de la primavera, sino el durísimo golpe que propinamos esa noche a los linterneros. A las dos y treinta y cuatro, yo, con un ojo pegado al catalejo y el micrófono en la mano derecha, mapeaba el pueblo como de costumbre, meticulosamente, sin prisa y sin pausa, descansando, cada media hora, de las chiribitas verdes que la visión nocturna graba en las pupilas. Entonces un relampagueo inconfundible tuvo lugar cerca de la tienda de víveres. Aumenté al máximo la potencia del artilugio y pude distinguir un bulto negro con forma humana apoyado en una papelera. Sin más, transmití las coordenadas, junto a la palabras «la tienda de Francisca», a las patrullas. A continuación otra luz se abrió paso en la parte trasera del cementerio, iluminando el mármol de los nichos y las copas de los cipreses. Confieso que tuve que apartar la vista del aparato unos segundos, ya que creí que se trataba de las piruetas de mi imaginación, exhausta de chiribitas. Pero cuando volví a retomar el visor, el haz continuaba allí, junto a un foco redondo que se proyectaba contra la tapia del camposanto, qué blasfemia. Por su parte, el bulto negro ya no estaba junto a la papelera. Al ver un nuevo fogonazo a menos de cien metros de donde detecté el primero, deduje automáticamente que aquella cosa se había ido calle arriba. Estaba confuso y, también, desconcertado. En la Plaza de los Chorros, entonces, relumbró un haz aún más potente que el del cementerio. 
         Entre mi boca y el micrófono de la emisora comenzó a fluir un imparable torrente de coordenadas y nombres de referencia, destinados a facilitar la labor de los jeeps de las patrullas, quienes, en su furiosos trasiego de búsqueda, lo único que conseguían era elevar incómodas polvaredas, dificultando, claro está, mi trabajo. Fue cuando se me ocurrió pensar como ellos, como los linterneros. Así, en unos pocos segundos, vislumbré la estrategia que aquellos cerdos estaban llevando a cabo: que los coches de las patrullas levantasen la mayor cantidad de polvo posible para que, de este modo, el vigía no pudiera localizar sus terribles actividades. «¡Tienen que salir de los vehículos y buscarlos a pie!¡Están empleando el polvo como camuflaje! ¡Utilicen los walkies para que la comunicación sea efectiva!», grité, entusiasmado. Al punto, los jeeps se detuvieron y la polvareda no tardó en descender. 
        Nervioso, orienté el catalejo hacia las laderas del Este, donde un cúmulo de linterneros revoloteaban igual que molestos y repugnantes moscardones, y comencé a transmitir los datos de ubicación. Confieso que, por unos instantes, me asaltó la duda, pero recordé las palabras de mi admirado R, uno de los hombres más honestos y grandiosos que he conocido, y grité: «¡Los cerdos se encuentran en la pata superior izquierda del reptil! ¡Están en esa zona! ¡Nadie merece salir con vida de esa zona!». 
         Mientras las patrullas disparaban sus ráfagas a mansalva por las calles y tumbaban las puertas de las casas para seguir disparando sobre cualquier persona o cosa que apestara a luz, respiré profundamente, me levanté de la silla y aplaudí, eufórico. Había hecho correctamente mi trabajo. Que toda mi familia pereciera acribillada era un efecto colateral que, sencillamente, había que asumir como se asume la muerte de alguien a quien quisimos mucho. Además la prima G, mi primer amor, estaba a salvo en Suecia, donde no hay linterneros.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Apuntes LII


                                          





EN LA pieza escultórica La Catedral, de Rodin, el temblor coagulado de una letanía silenciosa nos condena, por medio del mármol, a la contemplación eterna. 






*




UN GESTO de caballerosidad con el idioma: cuando se trate de comas, que lo femenino pase primero.



*




LAS LÍNEAS que conforman la historia se ajironan cuando interpelamos sus más concretas y atroces consecuencias. Sentarse con las víctimas, hablar con ellas,  es comprobar que esas líneas se retuercen sobre sí, conformando embudos de conflictos irresolubles en los que la sangre primero,  el silencio después y, finalmente, el tiempo, han dado apariencia cerrada a lo que continua abierto y a la espera. La historia como sentina de líneas quebradas, como conjunto de abigarrados fragmentos que se acumulan y acumulan los unos sobre los otros hasta formar una montaña, un espacio concreto y apabullante que cada hombre debe llevar consigo en forma no de culpa, sino de conciencia.



*




EL POEMA que va en busca de la luz definitiva acabará encontrando el resplandor que antecede a su propia calcinación. No habrá tiempo más allá de las cenizas para él.



*




MÁS ALLÁ del umbral de la palabra, tras el enarbolado trazo de cada grafía, yace la razón profunda de su existencia: conspirar contra el olvido, cristalizando en forma de concepto el irrepetible soplo de lo que fluye hacia la nada.